¿Inteligente se nace o se hace?

Una vez, un padre nos dijo: «Todos queremos que nuestros hijos sean lo más inteligentes posible… Pero, acaso, ¿la inteligencia no es un tema de nacimiento y genética?».

Empecemos por definir qué es ser inteligente. En general, cuando decimos: «Este chico es tan inteligente», solemos referirnos a alguien que es rápido con los números o hábil con las palabras.

Alcanza con mirar los informes de calificaciones de casi todas partes del mundo para notar que las asignaturas Matemática y Lengua suelen ocupar los primeros puestos. Sin embargo, desde que Howard Gardner postuló la teoría de las inteligencias múltiples, este concepto limitado de inteligencia quedó obsoleto.

Cuando a nosotras nos dicen «Mi hijo es muy inteligente», solemos preguntar: «¿Inteligente en qué?» La mayoría de los padres quedan confundidos frente a la pregunta. Entonces repreguntamos: «¿Inteligente en su habilidad para relacionarse con otros?», «¿Inteligente en su habilidad para la música?», «¿Tiene inteligencia para los números?», «¿Tiene inteligencia deportiva?».

Howard Gardner, psicólogo, investigador y profesor de la Universidad de Harvard, desafió el concepto de inteligencia que reinaba hasta principios de los años ochenta. Basándose en rigurosas investigaciones, lo primero que afirmó fue que la inteligencia es un conjunto de habilidades que se pueden desarrollar. Así dio por tierra con el mito de que la inteligencia era puramente una cualidad innata.

¿De dónde viene ese concepto erróneo de que la inteligencia es algo con lo que se nace, algo que se tiene o no se tiene?
De una mala interpretación que se hizo del trabajo de Alfred Binet, el creador del famoso test de coeficiente intelectual. El test no fue creado para saber cuán inteligente era una persona, aunque luego se usó así. Originariamente fue creado por Binet y otros psicólogos franceses para identificar a niños con ciertos retrasos en su desarrollo, que necesitaban apoyo escolar. Luego fue revisado por dos psicólogos americanos de Stanford, y el test se llamó Stanford-Binet. El test medía bien ciertas habilidades, pero no era un test para medir todas las capacidades. Y lo peor de todo es que dio origen al concepto de que la inteligencia es algo innato e invariable. El diseño de ese test no tenía mucho correlato con la realidad, y el propio Binet hizo hincapié en que los resultados no debían interpretarse literalmente, pues él creía que la inteligencia era plástica —puede moldearse— y que su test tenía grandes márgenes de error.

De todos modos, el test de Stanford-Binet empezó a usarse luego para medir la inteligencia. Desde entonces han surgido muchas voces en contra de esta manera estática y única de medir el coeficiente intelectual.


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